“Sigue
mi voz”.
-
¿Dónde estoy?
“Sigue
mi voz, yo te indicaré la salida.”
-
Tengo frío.
“Por
aquí.”
-
Me duele mucho la cabeza. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
“Ven,
sigue caminando”
-
¿Quién eres? No te veo.
“Simplemente
sigue mi voz, confía en mi”.
Un
bosque inmenso, nevado, frío, gris. Ni un solo sonido, solo el de
mis pisadas en la nieve. Mi dolor de cabeza va en aumento. Sigo
caminando, guiándome por las indicaciones de la voz. Giro a la
derecha. Más árboles. Izquierda. Camino esquivando árboles durante
un rato. El bosque llega a su fin, sigo caminando. De repente, el
bosque se desvanece a mi alrededor, como si fuera una espesa neblina.
Sigo caminando. Ya no hay casi rastro del bosque que hace un instante
estaba a mi alrededor. Oscuridad. Suelo rígido. Veo algo de luz. Al
fondo, una puerta.
“Ábrela.”
Abro
la puerta, la cruzo. Un pasillo. Oscuridad, de nuevo. A pesar de la
profunda oscuridad puedo ver perfectamente. Miles de puertas a mi
alrededor. El dolor de cabeza sigue en aumento. Un pinchazo en mi
sien.
“Deprisa,
casi no hay tiempo.”
Camino
recorriendo el oscuro pasillo. Más puertas. Por los dos lados del
pasillo.
“Para.
Mira hacia tu derecha, esa es tu puerta.”
Miro
la puerta. Tiene un símbolo, parece un ojo. La abro. Una luz
cegadora. Doy un paso. El pasillo desaparece, como lo hizo el bosque.
Cada vez la luz es más fuerte, igual que mi dolor de cabeza. Empiezo
a perder la consciencia.
“Cada
vez falta menos, el momento está cerca…”
Escucho
una melodía que me es familiar. Intento averiguar de qué me suena,
pero acto seguido desaparece.
“Sigue
caminando…”
Entonces
la luz cegadora empieza a disiparse, revelándome así la oscura
calle donde vivo. Unos chalets adosados se encuentran a mi izquierda.
A la derecha, un bosque que no recordaba haber visto antes. Empiezo a
correr hacia mi casa, pero me detengo al observar que un individuo
desconocido con gabardina negra y sombrero también negro me observa.
“No
te acerques a él”
-
¿Quién eres?
“¡Vuelve
a adentrarte en el bosque de tu izquierda!”
-
¿Quién es él?
“¡Corre!”
- ¿Quién eres? -
le intento preguntar al individuo de gabardina negra, pero de mi
boca no sale ningún sonido. Quiero volver a casa pero me da miedo.
“¡Intérnate
en el bosque y así estarás a salvo!”
Corro
hacia el bosque y me interno en él mientras aquel misterioso
individuo de negra gabardina y negro sombrero me sigue con su tétrica
mirada fija en mí. Tenía unos ojos rojos espeluznantes. Me interno
en el bosque y me escondo en el arbusto más cercano, esperando a que
aquel individuo se fuera.
“¡Adéntrate
más en el bosque, niña!”
Pero
no le hago caso y espero. Espero. Espero… Todo parecía una
pesadilla, pero lo sentía como si fuese real.
“¡No
es real! ¡No pienses que lo es!”
-
¡Cállate!
- le grito. Esta vez el sonido sí que salió
de mi boca, aunque grité tanto que el señor de la gabardina y el
sombrero pareció oírme. Dio media vuelta y comenzó a alejarse, sin
más. Fue entonces cuando decidí acercarme por fin a mi casa.
“¡No
vayas!” - me gritó entonces aquella voz.
Esta vez la voz parece venir de mi espalda. Parece ser una voz
más realista. Corro hacia mi casa sin darme la vuelta. Mis padres
salen apresuradamente mientras mi hermano pequeño mira por la
ventana de su cuarto, desde el segundo piso. El ambiente adquiere un
color rojizo. Mis padres gritan y me preguntan qué me pasaba,
que si estoy bien. Al abrazar a mi madre justo antes de cruzar el
umbral de la puerta, alcanzo a ver cómo el señor de negra
gabardina tuerce hacia la izquierda y se pierde de vista, yendo
hacia la calle de al lado. Seguidamente, me desmayo.
Me despierto de golpe en mitad de la noche. Miro el reloj, las 03:37. Me acuesto boca arriba y cierro los ojos mientras pienso en todo lo que sucedió ayer. Abro los ojos, miro el techo… Un momento… ¿Pero qué…? ¿Desde cuándo hay una puerta en el techo de mi habitación? No tiene ningún sentido.
Me despierto de golpe en mitad de la noche. Miro el reloj, las 03:37. Me acuesto boca arriba y cierro los ojos mientras pienso en todo lo que sucedió ayer. Abro los ojos, miro el techo… Un momento… ¿Pero qué…? ¿Desde cuándo hay una puerta en el techo de mi habitación? No tiene ningún sentido.
“Nada
tiene sentido aquí.”
-
Otra vez tú. ¿Dónde te escondes?
“Yo
no me escondo, simplemente tu mente no quiere verme. No está
preparada.”
-
¿Preparada para qué? No entiendo nada.
“¿Qué
se supone que tienes que entender? Déjate llevar, es tan fácil
como eso.”
-
¿Que me deje llevar? Es imposible que yo pueda abrir o entrar por
esa puerta. “¿Y si por un momento pensaras que sí que es
posible? Inténtalo.”
Cierro los ojos. Intento concentrarme en lo que quiero:
acceder a la puerta. Dolor. Lo ignoro, sigo concentrándome. Siento
un movimiento, abro los ojos asustada. Increíble. El suelo ha pasado
a ser el techo y el techo el suelo, como si la casa se hubiese puesto
bocabajo. La gravedad vuelve a hacer su función, caigo hacia la
puerta, se abre.
Caigo en algo húmedo. Hierba.
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